Opinión. Absorbido por el trabajo cotidiano y el estrés que nos depara el mundo actual, sólo supe que ya estábamos en diciembre, cuando un viernes bien temprano, en la casa vecina sonaba constantemente la inmortal canción de Rufo Garrido: “Diciembre llegó con su ventolera mujeres y la brisa está que llena el mundo de placeres. Con la Navidad la alegría del mundo florece y en tu corazón la tristeza desaparece.
Este insigne músico cartagenero, tuvo la fortuna de describir en pocos versos, la alegría que despierta la llegada del mes de diciembre, y el barranquillero Moisés Angulo, no se quedó atrás con la interpretación y ese movimiento de caderas que dibuja en el aire con pinceladas de arte, dicha palabra, que es la esencia de nuestro Ser Caribe para contribuir a minimizar las afugias de la vida.
La verdad es que después de escuchar la canción y descubrir que ya era 1º de diciembre, sentí una enorme transformación en mi interior, muy difícil de explicar, pero en las calles los rostros tampoco eran los mismos y la brisa como lo pintó Rufo Garrido soplaba de manera diferente, pues este mes tiene una magia especial, que nos remueve los sentimientos y hasta nos vuelve un poco más humanos.
En diciembre, en un alto porcentaje, el corazón y la mano del hombre la tiran toda para transformar el mundo. El ambiente se llena de luces multicolores en casi todos los pueblos y ciudades, multitud de brazos unidos construyen los pesebres para recordar el nacimiento de Jesús, los abrazos y las sonrisas parecen más sinceras y a algunos nos renace la esperanza de que así va a ser el mundo en adelante.
Desafortunadamente, cuando llega el nuevo año, vuelve a recrudecerse la estupidez humana, como si la inteligencia también desapareciera con la brisa de diciembre, como si estuviéramos condenados por siempre a ese retroceso que nos ubica en la historia no como el Rey de la Creación, en el centro del Cosmos por la superioridad, sino como un ser ruin que a toda hora busca aniquilar y aniquilarse.
Estimado lector: lo invito a qué la alegría de este diciembre sea permanente en su corazón, llénelo de amor hasta que se convierta en una coraza sin ningún resquicio por donde se pueda colar el rencor contra aquel que no profesa su misma religión, ni piensa como usted, en síntesis, no es como usted, porque Dios dejó este mundo para todos sin distingo de sexos, credos, ideas… ¡Que así sea, amén!






