Opinión/ Por Marcos Velásquez.
COTIDIANIDADES
Marguerite Duras escribió: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.
Un escritor es algo extraño, dado que quien escribe, la más de las veces duda de sí. Lo que hace que la inconsistencia de su ser, en relación a el oficio, retarde el encuentro de la letra, la palabra y la catarsis, para dar a luz el sentido.
Es una contradicción, porque en el mundo simbólico todo habla, más no, todo se escribe. Solo se escribe lo que ya no se puede callar, lo que tiene que salir. Por ello, lo banal de la nota periodística termina siendo letra disecada. Una decoración que casi nadie toma en cuenta. Sin embargo, lo puro, es tomado como excelso, como letra viva. De ahí que el genero no es el motivo para resaltar el sentido, es solo el medio, dado que el sentido que trasmite se sostiene por sí solo y en el tiempo.
La contradicción radica en que muchos lo pudieron haber dicho, pero solo el escritor lo plasmó en su hoja en blanco, para transgredir la pureza con la tinta. Hoy, se transgrede con la magia del cursor y los caracteres.
Un sin sentido, cuando lo que hace el escritor gusta, pero no es reconocido. En un mundo de necesidades, todos requieren cubrir sus demandas sociales (pago de servicios, la hipoteca, el mercado, por hablar de lo innegociable), pero muy pocos tienen la necesidad de llenar de sentido sus vidas. Quizá ello hace que quien escribe se desgarre entregando su ser en un escrito, mientras que quien lo lee, piensa que quizá está perdiendo el tiempo atrapado en algo que no le va a cambiar sus necesidades.
La consecuencia asalta cuando el escritor va a reclamar sus honorarios, y ve cómo una cocinera recibe su paga con la sonrisa de satisfacción de quien le entrega el dinero, mostrando en ella la placidez del gusto y la sazón que le dejó la comida, mientras que a él lo miran con el semblante de quien está pensando para sí: “Esto es muy costoso, tratándose de juntar letras. Si lo vuelves a hacer, no se si tenga dinero para ello”.
Escribir es no hablar, poner en palabras es callar al otro. La ignorancia que el otro no reconoce, se ve reflejada en el silencio al que se ve sometido cuando hace la venia a las palabras del escritor, a través de su lectura.
También es no hablar, por que el escritor calla para que el espíritu del sentido surja a través de su oficio. No es extraño para el escritor, aunque se sienta extraño en sí mismo, cuando se descubre releyendo sus palabras y encuentra que no sabe de dónde salió eso que acaba de escribir.
No hablar y callarse para el escritor es rendirse. Rendirse a los sentidos que el lenguaje ya no anuda. Es el silencio. La soledad. La incomprensión, y con ella, la angustia.
De ahí que el escritor se ve aullando sin ruido. La más de las veces ni él se entiende. No entiende por qué él tiene que escribir. Puede dejar de hacerlo. Las razones sobran: no podría vivir de ello, lo pagan mal, entra en un circulo de elogios falsos, plagado de mentiras y timadores de la verdad, rasga el velo de la sociedad histerizada que se enfada y se venga de quien le desacomoda su mentira y la hace pensar. Se torna en el invitado incomodo, en el sospechoso del silencio, el espía de la fiesta, el divergente e inmanipulable del rebaño. Sin embargo, él no puede parar. La escritura lo excede. Aun, la escritura lo encarna. El escritor es la letra que da origen al sentido, a un sentido que no depende de él sino de la interpretación. El solo carga con su oficio, porque el oficio del escritor es escribir y solo él comprende que cuando lee también escribe, dado que no hay escritor sin lectura.
El escritor aulla sin ruido porque, fuera de que la escritura lo excede, le exige y lo confronta con su oficio, con los sentidos de las palabras, no descansa cuando duerme, dado que en su sueño se halla corrigiendo el punto, la coma que cambia absolutamente todo lo que él tiene que decir.
De este modo, escribir también es llorar con tinta, con caracteres, para secar con el papel los sentidos del alma. Escribir es leer la vida. La vida de todos, de uno y de nadie. Escribir es escribir.
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Escribir es leer la vida” emotiva reflexión para quienes estamos del otro lado, los que leemos y poco escribimos. Es muy fácil criticar a quien escribió porque no nos gustó, porque nos criticó o sencillamente porque no pudimos percibir el espíritu del escritor. He allí la importancia de incentivar la lectura, no una sencilla esa que solo repasa el escrito de arriba abajo y pasa la hoja, sino la lectura crítica que me permita crear mi propios conceptos de lo que está plasmado, ponernos de acuerdo con el escritor que quiso, que pudo expresarse y compartirlo con otros o contender con el desde mi visión del asunto, enriqueciéndome a la vez que le aporto por lo menos con el tiempo que me tome para leer un trozo de su vida.